Tinogasta, aventura en Catamarca

Armé la mochila sin saber a qué lugar de Catamarca viajaba ni qué iba a hacer allí. Simplemente acepté la invitación de Pablo Caprino, periodista de Weekend, que tenía que cubrir una nota. Me encuentro con Pablo en la terminal de Retiro para viajar hasta San Fernando del Valle de Catamarca en ómnibus. Luego de 14 horas cambiamos el bus por un auto. Todavía nos faltaban un poco más de 300 km para llegar a Tinogasta. Paramos en Casagrande ( http://casagrandetour.com ). Un lugar especial, por su historia ya que forma parte del La Ruta del Adobe que une varias construcciones muy antiguas construidas con esa técnica y por su estilo actual donde funciona un excelente restaurant con una carta que combina exquisiteces regionales con platos de cocina internacional. Rodolfo y Barby, dueños de Casagrande, nos atendieron como si nos conocieran de toda la vida, cosa que intuyo ocurre con todos los que se hospedan en su casa. Rodolfo u Ofy, como prefiere que lo llamen, es además Director de Turismo de la Tinogasta.

Llegamos a la ciudad a la hora del almuerzo. El primer bocado ya justificó el viaje: unas empanadas de carne cortada a cuchillo que solamente se comen a 1200 km de aquí. La primera tarde, para aclimatarnos, Ofy nos llevó a La Aguadita, las termas de Tinogasta. Además de darnos un buen baño conocimos ahí a Carlos, él sería nuestro guía de 4x4. De ahí recorrimos unos pequeños poblados de la ruta del adobe y nos detuvimos especialmente para ver unas capillas de 1712. A las siete de la mañana la Nissan Patrol modelo 84 estaba lista para partir. Carlos manejaba, Pablo en la butaca derecha y el asiento trasero compartido entre una pareja de alemanes y yo. Pasamos por Fiambalá donde doblamos a la derecha rumbo a Cortaderas. Barby y Ofy, que iban en su auto, se quedaron allí pescando truchas. Sí truchas, y qué ricas estaban... Volviendo a la travesía. Avanzamos un poco más en dirección al Paso San Francisco por asfalto hasta de pronto tomamos una huella que se encaminaba hacia una quebrada. Ahí empezó la cosa. Ya estábamos a 2200 m.s.n.m. y subiendo. Sig sag, curva, contracurva y loma, loma, loma. Pasamos una laguna con flamencos rosados. Seguimos subiendo y hacemos una parada para sacar fotos a unos 4000 metros de altura. La puna que lo parió!!! Un poco más adelante (casi a 5000) aparecieron unos penitentes espectaculares y por fin nuestro objetivo: la laguna azul y de fondo el volcán Pisis de casi 7000 metros de altura. Un paisaje bellísimo en un día perfecto donde no hubo ni un poquito de viento. De regreso cruzamos una manada (¿se dirá así?) de guanacos, que por otra parte fue la única manifestación de vida junto con los flamencos. Cuando llegamos nuevamente al asfalto, después de muchas sacudidas, la alemana le pide algo a su chico (yo no entendí qué), él presuroso le alcanza una bolsa para utilizarla como en los aviones cuando las nauseas se pasan de largo. La puna le afectó!! De pasada, en la vuelta, nos detuvimos en las termas de Fiambalá. El agua a 40 grados en unas piletas de piedra enclavadas en una quebrada cerraron una jornada perfecta. Al día siguiente arrancamos temprano otra vez. A las siete nos esperaban Darío y Carlos (sí, otro Carlos) con los caballos. Esto fue diciembre y todo indicaba que el calor nos iba a matar. No, tampoco la altura nos molestó a pesar de andar a más de 5000. Además de los caballos vino Rogelio, un mulo mañero que portaba el equipaje. Recorrimos un cañón siguiendo el lecho del río. En cada curva cambia el escenario y Darío va contado: “este es el Monumental”, una formación similar a las tribunas del estadio de River. La cabalgata llega hasta Ciénaga Redonda, donde hay un viejo puesto abandonada que eventualmente se usa para pasar la noche. El lugar es increíble, hay un surgente con agua cristalina, en cuyo curso se encuentran unos cangrejitos de agua dulce que sin pena ni gloria terminaron en una olla, tienen el sabor de la langosta y hasta se ponen color rosado al hervirlos pero muy poquita carne. Este puesto funcionó como aduana hace más de doscientos años y era paso obligado hacia Chile. La construcción está muy deteriorada y desde adentro se ve la luz a través del techo y las paredes. Igual la idea era dormir haciendo vivac, utilizando los aperos de los caballos y la bolsa. Hermosa noche, luna llena, gorda y blanca. No hacía falta luz. Asado, vino, fuego, historias, canciones, leyendas y verdades. Regresamos por el mismo camino, pero nos detuvimos a mirar un antical. Es un lugar donde hubo asentamiento de indígenas. Encontramos cerámica, puntas de flecha y hasta huesos humanos. La noche fue cayendo cuando recorríamos otra vez el cañón y para ponerle la frutilla al postre apareció nuevamente la luna recortando nuestras sombras entre las piedras.

 

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